lunes, 22 de agosto de 2016

La cara oculta (III)


Mientras pensaba en todo ello, Luis había tomado unas cuantas copas y se encontraba, ya, bastante borracho. Tenía la mente embotada y no conseguía razonar con un mínimo de claridad. El alcohol, en lugar de mitigar su despecho por el mundo, no hacía sino acrecentarlo. A las mujeres, las culpaba de no haber sabido amarlo. Y a cada momento que pasaba sentía crecer en su corazón una rabia inusitada. No recordaba haberse sentido así ni en sus peores momentos, ni si quiera aquella primera vez en que pegó a una prostituta. Se sentía una víctima, él mismo por increíble que pareciese, por delante, incluso, de todas esas desgraciadas que había ido apaleando a lo largo de los años. De repente su mente se abrió. Por qué limitarse solo a las prostitutas, acaso no eran todas las mujeres igual de culpables. Poco a poco esa posibilidad se fue materializando en su pensamiento. Recordó que tenía una nueva vecina, se llamaba Ana o tal vez Marta… No se acordaba bien. Era joven, guapa y vivía sola. Se habían cruzado alguna vez en el descansillo y no parecía mirarlo mal, incluso, creía que le inspiraba cierta confianza. Además, aún era temprano, tan solo las once de la noche, podría ir a su casa con cualquier pretexto.

Luis no lo pensó más. Cogió un vaso vacío pensando pedirle un poco de azúcar. Le pareció una excusa muy verosímil: ya se sabe un hombre que vive solo y trabaja todo el día no tiene mucho tiempo para hacer la compra, pero por otro lado, el café sin azúcar está tan malo… ¿Cómo no iba a atender su petición? Luis actuaba como un autómata. Salió de su casa, cruzó el rellano, y llamó al timbre de Marta, que así es como se llamaba su vecina, blandiendo el vaso en la mano. Esta miro por la mirilla y al ver que era su vecino abrió confiada la puerta. Pero tan pronto Luis hubo franqueado el umbral, se dio cuenta de su error. De repente, su apacible vecino se transformó en un energúmeno borracho de ojos desencajados que embistió contra ella sin mediar palabra. Marta, aterrorizada, no se movía, ni intentaba defenderse y Luis azuzado por su pasividad se encolerizaba más y más y golpeaba sin cesar a la pobre mujer, que no alcanzaba sino a gemir débilmente, emitiendo un soniquete a todas luces insuficiente para llamar la atención del resto de los vecinos. Todo acabó en un instante. Marta se desplomó de golpe, y esto hizo que Luis recobrara algo de su perdida conciencia. A pesar del azoramiento que sentía por haber perdido el control de esa manera, se daba cuenta de lo que había hecho. Marta estaba en el suelo hecha un guiñapo, como una muñeca de trapo rota. La cabeza ensangrentada y la cara hinchada y llena de moratones le daban un aspecto inquietante. Luis la miró y en ese momento fue consciente de que la había matado. No obstante, se agachó para comprobarlo. En efecto, no le encontró pulso. El corazón de Marta se había detenido para siempre.

Pasada la tormenta, una aparente calma se apoderó de Luis. Esta vez si que la había hecho buena. Estaba al lado de su propia casa y seguro que había dejado huellas por todas partes. No tendría escapatoria. Se había dejado llevar y ahora temía las consecuencias, pero no se arrepentía de haberla matado, solamente de no haber sido cuidadoso y previsor. Decidió que lo mejor sería irse a su casa y allí pensar lo que haría.

(Continuará…)

lunes, 15 de agosto de 2016

Despedida (Ulises en la isla de Wight)





Este es mi relato para el proyecto Ulises en la isla de Wight.

Rod Carson llevaba ya muchos años en el candelero consagrado como estrella del rock. Nadie iba a disputarle su sitio en el Olimpo de la fama, pero no era esa la jodida cuestión. ¿Quería continuar con esa vida disipada? ¿Hasta cuándo? Eso era lo que se preguntaba mientras el reloj —no el tatuado en su antebrazo, de estilo biomecánico y tan realista que parecía que podía ver sus manecillas moverse, sino el de la pared del camerino— seguía avanzando. Ya se acercaba la hora de subirse al escenario para poner el broche final a la gira mundial que lo había llevado durante los últimos tres meses por todos los continentes. Esa noche era la despedida. Al día siguiente plegarían  bártulos y regresarían a casa.

«¿Qué casa?», pensó angustiado. Sí, tal vez seguiría teniendo una casa, pero a aquello ya no podría seguir llamándolo hogar. Por lo menos, no después de lo que acababa de pasar. Llevaba ya varios años con su novia y siempre había creído que un día formaría una familia con ella. En el futuro quizás, cuando hubiera sentado la cabeza y abandonado sus malos hábitos de una vez por todas. En contra de su costumbre, ella había decidido no acompañarlo esta vez. Eso ya tenía que haberle puesto sobre aviso, pero reconocía que no vio venir el golpe. Acaba de dejarlo por wasap, la muy puta. «A pesar de todo me gustaría que siguiéramos siendo amigos. Siempre podrás contar conmigo». Eso le había escrito para despedirse y, a continuación, le había puesto dos emojis: lanzando un beso y guiñando el ojo. Por ese orden. La cabrona podía haber esperado a hacerlo en persona. Pero no, su cobardía la había llevado a hacerlo interponiendo su smartphone y veinte mil kilómetros entre los dos.

Aunque despotricara, en el fondo era consciente de que no podía culparla por esa decisión. Al menos, no del todo. Se daba perfecta cuenta de que él había contribuido en gran medida al fracaso de la relación. ¿Cuántas infidelidades había terminado por perdonarle ella? Su excusa siempre solía ser la misma: las grupis se le echaban encima, lo perseguían, se aprovechaban de la situación. Al final lo hacía sin darse cuenta. Se dejaba llevar por las circunstancias. Aunque se arrepentía enseguida. Muchas veces iba tan colocado que ni siquiera recordaba lo sucedido. Después le juraba que su amor era para ella y solo para ella. Que aquella sería la última vez. ¡Cuántas mentiras…! En los momentos de sobriedad se avergonzaba de todas y cada una de ellas. Pero luego tomaba unas copas o se fumaba unos petas —con o sin su raya de coca, según se terciara— y se olvidaba de todas las promesas que le había hecho. Y todo volvía a empezar. Nunca había pensado en serio poner fin a sus adicciones, aunque también eso se lo había prometido un millón de veces. Otra de las muchas promesas incumplidas.

Pero que fuera ella la que cortara con la relación era algo que no se esperaba. La quería demasiado o tal vez solo la necesitaba. Qué más daba. El sentimiento de abandono era el mismo. El hecho de saber que era él quien se lo había buscado no mitigaba su dolor. Por primera vez se sintió protagonista de sus propias canciones, cuyas letras desgarradas hablaban de héroes solitarios, de perdedores, de inadaptados que casi siempre terminaban mal. Entonces volvió a recurrir a lo que sabía que lo calmaría. Tras encenderse un canuto y meterse una raya agarró también la botella de whisky y empezó a beber sin control. En unos minutos estuvo lo bastante puesto para que sus penas se disiparan y una sonrisa bobalicona asomase a sus labios. Ya no importaba nada. Todo fluía. La mente otra vez en blanco.

En la lejanía se oía las canciones de los Rock Pistons, el grupo que estaba actuando como telonero durante toda la gira. Cumplían a la perfección con la misión de enardecer al público para él. Cuando salía, ya todo era coser y cantar. Eran grandes chicos. Su música lo volvía loco. Ahora le estaba ayudando a evadirse de los problemas. No había nada mejor en la vida que un buen cuelgue.

—¡Sales en quince minutos! —le gritó el manager a través de la puerta—. ¡Prepárate!

—¡Sí, ya voy! —Esa noche, dadas las circunstancias, no le apetecía actuar. Pero sabía que era un ídolo de masas y se debía al público. Había que estar listo. Vivía para eso. Unos blue jeans rotos por varios sitios de manera estratégica y una camiseta negra de tirantes constituían sus signos de identidad. Siempre se vestía igual para cantar. Las camisetas tenía que comprarlas por docenas, ya que en cada actuación una de ellas terminaba hecha jirones. Esa costumbre, que provenía de la época de sus inicios, había terminado por establecerse como norma. Los fans no daban la actuación por terminada si no lo hacía y enseñaba el torso desnudo.

—Vale, no tardes. Están en la recta final.

«¡Espabila, tío!». Se daba cuenta de que no estaba en condiciones. Necesitaba otro chute de coca para  poder actuar. ¡Mierda! Ya no le quedaba. Aquello era un desastre. Si no se metía algo enseguida iba a terminar tirado en cualquier rincón porque la flojera se estaba adueñando de él. Miró la botella de reojo y se dio cuenta que se había tomado casi tres cuartos. Demasiado incluso para él. ¡No podía salir así al escenario!

Por suerte en el camerino —que era compartido— estaban también las pertenencias de los Rock Pistons. Alguno de ellos se había dejado la chupa y no dudó en mirar en los bolsillos. «¡Sí, estoy de suerte! ¡Te quiero, tío! ¡Seas quién seas!». Había encontrado un par de papelas. Desesperado como estaba pensó en meterse las dos de golpe. Ya lo había hecho otras veces y no le había pasado nada. ¡Uf! ¡Ya pensaba en el subidón que  iba a sentir! Claro, que siempre lo había hecho con mercancía de confianza. No sabía quién era su proveedor. ¡Pero  qué cojones! Esos tíos eran de fiar: su farlopa tenía que ser buena.

Le subió mucho más rápido de lo que habría esperado. ¡Eso estaba bien! El sopor comenzó a disiparse y creyó que enseguida estaría en condiciones para hacer la actuación más memorable de la gira.  Al final resultaba que la mierda era buena. Sintió una pequeña punzada en el pecho, pero no le  quiso dar importancia. Sin embargo, a los pocos segundos se repitió con más fuerza. Le dolía tanto que se quedó momentáneamente sin respiración. De repente las buenas sensaciones se esfumaron: el corazón se le desbocó y parecía que iba a explotarle de un momento a otro. Todo a su alrededor se volvió negro.

—Rod, sal ya que empiezas en cinco minutos —le dijo el manager.

Como no respondía espero unos segundos y volvió a llamarlo. Silencio. Insistió una tercera vez:

—¿Rod, por qué no contestas? ¿Qué coño te pasa? —Aporreó la puerta.—  ¿Abre de una puta vez? 

Como estaba cerrada por dentro tuvo que echarla abajo. Cuando al fin consiguió entrar se encontró  al cantante sin sentido y convulsionando en el suelo. Tenía los labios azulados y por la comisura de la boca le asomaba un hilillo de espuma blanca.

—¡Rod! ¡Rod! —Trató de reanimarlo mientras lo zarandeaba aún en el suelo.

Al ver que estaba inconsciente el manager no perdió ni un segundo más y avisó por teléfono a emergencias. Las asistencias llegaron muy rápido  y en unos pocos minutos se hicieron con la situación. Mientras aún sonaban en el ambiente las notas finales de la última canción de los Rock Pistons y el público enfebrecido esperaba en medio del delirio la actuación de Rod Carson, la gran estrella internacional del Rock, en una ambulancia camino del hospital, un equipo de anónimos sanitarios luchaba por mantener al ídolo con vida.

domingo, 14 de agosto de 2016

Una ladrona muy gatosa



Hoy voy con el tercero  de los 52 retos propuestos por ELDE para 2016. Consiste en escribir una historia de suspense que empiece con la frase "Estoy de pie en mi cocina...".


Estoy de pie en mi cocina. Estaba durmiendo pero me he levantado de un brinco al oír unos ruidos extraños. He ido directa a por algo con que defenderme y qué mejor arma que mi cuchillo jamonero. Siempre fui muy miedica y más todavía desde que hace un par de años me atracaron a punta de pistola en plena calle. El tío no se cortó un pelo y eso que eran las tres de la tarde. Tras encañonarme me dejo sin blanca. El muy capullo antes de irse me dio un beso en la boca. ¡Puag, qué asco! ¿En qué estaría pensando el muy cabrón? Pero lo cierto es que desde entonces estoy traumada y cuando me quedo sola me figuro peligros por todas partes. 

Pero en esta ocasión no son imaginaciones. Algo se ha caído y seguro que no habrá sido de manera espontánea. Sonaba metálico y por la zona del sótano, así que me dirijo hacia allí blandiendo mi cuchillo. Justo cuando comienzo a bajar por las escaleras me asusto de nuevo. Otra vez esos ruidos extraños. Subo corriendo cerrando la puerta tras de mí. Pienso que mi ladrón, o lo que quiera que sea, es un patoso redomado. ¡Joder, no se puede entrar en una casa a robar y meter tanto jaleo! ¡Tío, que así te van a pillar fijo!

No sé qué hacer. Quizás debería dejar de investigar por mi cuenta y llamar a la policía. Pero no me decido: mi psicóloga dice que debo vencer el miedo, que de lo contrario jamás superaré la fase de estrés postraumático. Así que sigo contemporizando un poco más.

En eso que oigo unos gemiditos y el corazón me da un vuelco ¿Dios mío, quién se ha metido en mi casa? Sí. Lo he oído con toda claridad. Parece el llanto de un bebé, pero eso no puede ser, me digo a mí misma tratando de convencerme. ¿Qué loco se pondría a atracar una casa llevando un bebé consigo? Luego pienso que quizás el bebé ha sido secuestrado, que puede estar en peligro y me sale del alma bajar corriendo a salvarlo. Cuando estoy a mitad de las escaleras pienso que antes debía haber perdido medio segundo en dar parte de lo ocurrido. De esa manera la ayuda ya estaría en camino. ¿Quién  sabe qué amenazas nos aguardan al bebé y mí? No obstante, acuciada por la situación, prosigo.

Una vez abajo, mientras espero que mi vista se acostumbre a la oscuridad me guío por el oído. El corazón se me sale por la boca. No tengo ni idea de lo que puedo encontrarme aquí. En eso que soy ya la que tropiezo y organizo un estruendo enorme. De repente veo salir a toda velocidad a mi gatita Leila. Me doy cuenta de que está tan asustada como yo y me entra una risa floja. Pero me acerco un poco más al escondrijo de donde la he visto salir porque estoy intrigada. Quiero saber qué esconde con tanto recelo.

No puedo creer lo que veo. Acurrucados entre unas prendas de ropa vieja descubro cinco cachorrillos. Son tan chiquitines que ni siquiera tienen los ojos abiertos. Se parecen entre sí un montón y todos a Leila. Tienen su mismo pelaje gris.Y su maullido era lo que me tenía confundida. Nunca me había parado a pensar que se pareciera tanto al llanto de un recién nacido.  

Cojo en mis manos a uno de ellos y le dedico unos cuantos mimos. Ahora sí que me río con ganas, pero se me borra la sonrisa de golpe al preguntarme, llena de remordimiento,  qué clase de persona soy que no me di cuenta de que mi gatita andaba preñada. Aún más, cómo dejé que eso pudiera pasar sin poner antes ningún remedio. Eso sí: me alegro enormemente de no haber llamado a la policía. Aunque todavía me sonrojo de vergüenza pensando en el ridículo que hubiera hecho. ¡Si es que no tengo remedio! ¡A nadie le pasa lo que a mí!
 

martes, 9 de agosto de 2016

Zombis uno, don Quijote cero





Al atardecer y través de una carretera secundaria llegaron hasta una pequeña loma donde se alzaba un grupo de aerogeneradores. En cuanto los vio don Quijote dijo a su asistente:

—Tenemos una suerte que no nos la merecemos, querido Sancho. ¿No salimos de casa para combatir el mal? Pues aquí tenemos ocasión de demostrar de qué somos capaces. Eliminando a esos malditos zombis haremos un gran bien a la humanidad.

—Pero qué zombis ni qué zombis. ¿Acaso no ve lo mismo que yo? No hay ningún zombi ni madre que lo parió.

—Si hombre, esos tan altos como gigantes que vienen hacia nosotros girando los brazos sin parar.

— ¡Ah, esos! —respondió Sancho—. No son más que unos aerogeneradores y lo que gira son las aspas. ¿Con el entendimiento que tiene para otras cosas cómo no se da cuenta de algo tan simple?

—Me da la impresión de que no tienes lo que hay que tener, amigo Sancho. Comprendo que les temas. Hazte a un lado y déjame a mí. Yo solo me ocuparé de todos ellos, aunque sean muchos.

Don Quijote apeó a Sancho del “cuatro latas” y piso el acelerador varias veces para meter ruido y amedrentar a los zombis. No escuchaba las advertencias de su fiel amigo. El pobre se desgañitaba indicándole que aquello a lo que iba a embestir no eran los zombis que él pensaba. Pero él estaba “tan puesto” que no oía a su ayudante ni mucho menos comprendía que iba derechito a darse de bruces contra una enorme mole de acero. En su delirio gritaba:

—No huyáis malvados. A ver si os atrevéis conmigo.

En eso se levantó un poco de viento y las aspas comenzaron a girar. Ya muy cabreado por esa falta de respeto don Quijote dijo:

—Aunque seáis más repulsivos que el Alien de Ridley Scott os voy a dar pal el pelo.

Aceleró a toda viruta, aunque antes dedicó un pensamiento a Dulcinea, su amor platónico de toda la vida, para pedirle mentalmente que rezase por él. Solo entonces arremetió contra el primer molino. El cuatro latas quedó hecho un acordeón y, de la inercia, don Quijote se pegó un buen leñazo contra el parabrisas que de pocas no se dejó allí todos los dientes. Enseguida llegó Sancho Panza a socorrerlo. Quiso sacarlo del coche pero no se podía mover de lo dolorido que estaba.

—Por Dios. ¿No le advertí de que tan solo eran aerogeneradores? Si es que no tiene más que pájaros en la cabeza, señor.

—¡Pero qué dices, Sancho! Me han puesto algo en la comida que me ha hecho caer en esta alucinación. Habrá sido algún enemigo cuya identidad desconozco. Seguro que en el bar donde cominos pagaron al camarero para que hiciera el trabajo sucio. Pero ya ves, no les ha servido de nada, sigo vivito y coleando.

—¡Ay señor! ¿Qué voy a hacer con usted? —se lamentó Sancho resignado.

Ayudó a su jefe a salir de la chatarra en que había quedado convertido el cuatro latas y lo recostó en el suelo. Después sacó el móvil del bolsillo y llamó al 112 para pedir ayuda.

 —¿Sabes Sancho? Si no me quejo es porque soy todo un señor y eso no queda elegante.

—Yo no me alegro de que esté magullado desde las puntas del pelo hasta las uñas de los pies, pero allá usted si se prefiere sufrirlo en silencio. Yo no entiendo de esas finezas: a los de abajo nos está permitido gimotear cuando nos duele. Alguna ventaja habríamos de tener.

Don Quijote se disponía a replicar a Sancho cuando llegó la ambulancia y se los llevó al hospital —a Sancho simplemente para no dejarlo tirado en medio del campo— y, aunque no le encontraron ningún hueso roto, terminaron pasando toda la noche en urgencias. Pero esa será otra historia.


El segundo de los 52 retos propuestos por ELDE para 2016 que va de reescribir la escena de los molinos de viento y don Quijote, pero en esta ocasión en lugar ce creer que lucha contra gigantes, cree que son zombis.

lunes, 8 de agosto de 2016

Pánico en la oficina






Lo reconozco todo, pero a la vez, todo resulta confuso. Las paredes están retorcidas y el suelo es irregular. Todo el ambiente resulta opresivo y hostil, pero yo me siento extrañamente segura. Veo gente a la que no tengo ningún problema en identificar, aunque guardan escaso parecido con su aspecto real. Sin embargo, un desconocido me toma del brazo para ayudarme a cruzar por un tramo campo a través, aunque estamos dentro de un edificio de cemento —y solo cemento— que conozco muy bien: se trata de mi oficina. No sé cómo he llegado hasta allí, ya que estoy de vacaciones en el extranjero, lejos de todo esto.
                    
—¿Tú eres nuevo, no? —pregunto curiosa.
—Sí. Estoy por tu compañera, la que echaron la semana pasada.
—¿Cómo? ¿Por qué? —No me esperaba algo así. Esa respuesta me desconcierta.
—Resultaba poco eficiente.Tiene una sonrisa en la boca, pero sus palabras me resultan devastadoras—. Por eso me escogieron a mí.
 
Dirijo mi mirada hacia mi otra compañera y leo en sus ojos una expresión de terror que me indica que de alguna manera su puesto también puede estar en peligro. Por si con su semblante no bastara, se agarra el vientre como si quisiera protegerse de algún peligro inminente que yo no puedo percibir. Su lenguaje corporal es el de una mujer aterrorizada. Está en encogida y apenas levanta los ojos del suelo. Cuando ve que la estoy mirando con tanta fijeza, simplemente se encoje de hombros resignada y yo traduzco ese gesto en mi cabeza por «las cosas son como son, no se puede hacer nada». De repente un sudor frío empapa mi cuerpo. Por primera vez tengo la certeza de que mi empleo también puede peligrar. Entonces me despierto y comprendo que tan solo ha sido una pesadilla. Pero me queda un regusto amargo. ¿Es posible que me despidan? La pregunta se queda revoloteando en mi cabeza. Aún me queda una semana de vacaciones. Sin embargo, nunca he estado tan ansiosa por volver al trabajo. 

Este pequeño relato es el primero de los 52 retos propuestos por ELDE para 2016 consistente en escribir sobre un sueño o pesadilla. En principio estaban pensados para llevar a cabo uno a la semana, pero tengo que darme mucha prisa porque acabo de empezar HOY MISMO.
                                                                                                               

domingo, 7 de agosto de 2016

Como piedras




Caminos.
Amanece.
En qué desembocadura estamos.
Muchos claveles juntos
no hacen la primavera,
simplemente tu compañía.
¡Amarnos con lluvia!
Nos cae el agua y luego
rueda por la tierra,
errante hasta el río.
Y tú y yo aún separados, confundidos,
solos, como piedras.
Nos arrastra el agua,
nos junta: nosotros.¡Qué beso!
Adiós soledad.
Te vas en los trenes
en los que ya no viajaremos más.
Este poema es un pequeño experimento y me gustaría que comentárais qué os sugiere. Podéis dejarme vuestros comentarios.

sábado, 6 de agosto de 2016

La cara oculta (II)



El matrimonio, que se celebró a los pocos meses, fue un fracaso, no tardando la joven pareja en separarse. Para entonces, Luis ya no demostraba, al menos en apariencia, ningún interés en Laura. Pero esa noche, la del compromiso, Luis se sentía herido, necesitaba un desahogo para su frustración y, entonces, lo hizo por primera vez. Al salir de la oficina, en lugar de ir a casa, se alojó en un hotel, utilizó un nombre falso, tal vez, ya su subconsciente delataba sus intenciones. Antes de estar lo suficientemente borracho para no poder hablar por teléfono, llamó a un anuncio de contactos: Marisa, lo que tu pidas. Al cabo de una media hora, la tal Marisa hacía acto de presencia. Para entonces, Luis ya no tenía muy claro por qué la había llamado; lo que menos le apetecía en ese momento era tirarse a una furcia. Además, Marisa era mayor y se veía a la legua que era una puta. Eso disgustó a Luis, que se sentía ya muy encolerizado y arremetió contra la mujer antes de que esta se diera cuenta de lo que ocurría. La golpeó muy fuerte y ella perdió el conocimiento. Entonces, asustado, pero con una rara satisfacción, huyó a su casa. La preocupación por si la prostituta lo delataba, o bien moría y era descubierto igualmente no le dejó dormir aquella noche. Pero pasaron los días y su vida transcurrió con toda normalidad. Nadie sospechó de él. Ni siquiera el suceso tuvo eco, por lo que Luis se sintió completamente impune y además era consciente de que le había entrado una especie de veneno en el cuerpo, más poderoso aún que una droga. No trataba de engañarse, se daba cuenta que le había gustado y más pronto que tarde iba a repetirlo.

Pasó algo de tiempo mientras su vida transcurría con una aparente normalidad, pero las ganas de repetirlo de nuevo pudieron más que el miedo a ser descubierto, y aún pensándolo bien esa posibilidad le añadía un nuevo aliciente, de modo que periódicamente y con ligeras variaciones, a lo largo de los quince últimos años había vuelto a actuar. Sus apariciones en escena habían sido lo suficientemente espaciadas en el tiempo para no crear alarma, además, como todo el mundo sabe, las prostitutas son ciudadanas de segunda categoría y nadie se espanta demasiado cuando una de ellas recibe una paliza o aparece asesinada. En realidad Luis huía de la escena del crimen tan rápido como podía y no sabía con certeza si había llegado a matar a alguna de aquellas mujeres, pero en el fondo eso no le importaba. La vergüenza de que alguien conocido lo supiera, la humillación de saberse descubierto, la posibilidad de perder su trabajo y su posición social e incluso de ir a la cárcel, eso si le importaba. Pero el hecho de propinar una brutal paliza a una mujer, o dejarla tullida o incluso propiciarle la muerte no le preocupaba en absoluto.

Alguna vez, en medio de una noche de insomnio, Luis se preguntaba cómo habría transcurrido su vida, si aquella noche del compromiso de Laura no hubiera actuado como lo hizo. Tal vez, sería un hombre respetable, no a los ojos de los demás, que aún lo era, sino ante sí mismo. Quizá hubiese encontrado, si no hubiera desbaratado su vida en aquel acceso de cólera, una mujer mejor que Laura. Se imaginaba llevando una vida convencional de casado con hijos, saliendo los domingos de excursión al campo y pasando las vacaciones de verano en la playa, y lamentaba que ya no fuera posible. Pero en el fondo sabía que todo eso no eran sino fantasías. Él no estaba hecho para la vida familiar, siempre había sido un lobo solitario y siempre lo sería. Era incapaz de sentir amor por nadie, y el presunto enamoramiento de Laura tan solo había sido un espejismo. Cierto es, que de haber conseguido sus propósitos, hubiera puesto la guinda en su vida, y tal vez nunca, hubiera llegado a aflorar esa bestia que llevaba dentro.


Sin embargo, a pesar de todos estos razonamientos en los que se entretenía en las madrugadas en las que el sueño le era negado, a menudo, sentía un intenso malestar, que nada tenía que ver con el remordimiento. Era más bien como una frustración porque su vida no había seguido los derroteros por él imaginados. Era entonces cuando la vida se le hacía insoportable y entraba en crisis, como le había sucedido esa tarde.

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