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lunes, 26 de septiembre de 2016

Refugiados/El corazón del mar








Hoy quiero rendir mi pequeño homenaje que a todos aquellos refugiados que en el mundo han sido o serán.  Ojalá algún día esta lacra llegue a ser desconocida.

REFUGIADOS


Ruina del país que os vio nacer un día
En medio de un oasis ya pretérito, hoy campo de minas.
Familias rotas, desgajadas a fuerza de infortunios y muerte.
Un manantial de penurias infinitas
Gobiernan esa mala tierra que arroja al abismo a sus habitantes.
Impávidos contemplamos la atrocidad en todo su esplendor, 
Apocalipsis que se vive en sus ciudades y sus campos:
Dios abandona a ese pueblo al mismo tiempo que 
Occidente vende su alma al diablo
Sometido al egoísmo de sus hogares en prósperos y felices.

El caligrama también está basado un pequeño poema, también de mi autoría:

EL CORAZÓN DEL MAR

El corazón del mar
late a cada ola.
El poder del sol no basta
para dar caldear el abismo
que engulle a los refugiados.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Versos fugaces





Versos fugaces que flotando al viento
se posan suaves sobre la piel amada,
trazan besos en la arena mojada:
el corazón busca, anhela hambriento

del puro amor el ardiente aliento
para encontrar calmo su morada
donde reposar su alma cansada
y ahogar su atribulado lamento.

Sigo tu rastro, husmeo los rincones:
Amor, por qué me dejaste tan sola.   
Echo cartas en todos los buzones.

Encuentro mi eco en otros corazones
y el mío solitario se desola
porque todos me responden burlones.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La cara oculta (V)


Transcurrieron tres días y todo estaba en calma. Tan solo una escueta nota en la sección de sucesos del periódico local daba cuenta del suceso. Paradójicamente, Luis comenzaba a inquietarse. La seguridad y el aplomo que había mostrado al principio iban desapareciendo poco a poco dejando paso a una preocupación cada vez mayor. Por un lado, no le parecía normal que ningún vecino le hubiera comentado nada, y por otro, si la policía albergaba alguna sospecha ¿Por qué no se ponía en contacto con él? Cada vez que sonaba el teléfono daba un respingo, pensando que era la policía que venía por él. Pero no, la policía no parecía saber que Luis existía. Y así, con esta zozobra continua, comenzó a discurrir otra vez su monótona vida. Los días transcurrían tensos, aunque tranquilos, pero las noches se convirtieron en un auténtico infierno. Luis tenía que atiborrarse de alcohol y pastillas para conseguir dormir, pero cuando lo conseguía solía ser presa de extrañas pesadillas. En ocasiones soñaba que cuando se agachaba para comprobar que la mujer estaba muerta, inesperadamente sacaba un cuchillo y se lo clavaba en el corazón, matándolo en el acto. Otras veces era la policía la que no paraba de acosarlo hasta hacerle confesar, y él no pudiendo afrontarlo, se arrojaba al vacío para evitar la cárcel y la vergüenza. Las variaciones en sus sueños eran infinitas y se despertaba de ellos aterrorizado, con un sudor frío cubriéndole todo el cuerpo y un sabor acre en la boca. Intentaba, después, mantenerse despierto a toda costa, pues sabía que si se dormía, el sueño invariablemente se repetiría, igual de angustioso que siempre. Solo cambiarían pequeños detalles.

Cuando pasaron varias semanas sin ninguna novedad, la angustia de Luis, comenzó a decrecer. Poco a poco sus noches fueron cobrando algo de tranquilidad y de vez en cuando transcurría alguna en que su sueño no se viera turbado por las habituales pesadillas, que cada vez iba sufriendo de forma mas espaciada. Llegó un momento en que las noches en que dormía tranquilamente y de un tirón, eran más frecuentes que aquellas otras en las que se veía aterrorizado por los malos sueños. Ahora, ya pensaba que podía ser verdad, que no tendría que pagar su crimen, se regodeaba en esta idea y comenzaba a olvidar lo terriblemente preocupado que había llegado a sentirse. No obstante, en algún momento bajo, volvían a asaltarle las dudas y pasaba un par de noches en que las pesadillas volvían con ánimo renovado y ligaras variaciones. Por ejemplo, Marta tenía un novio que sabía que él era el asesino y volvía para vengarse, o la propia Marta que en realidad no había muerto, o tal vez sí, pero que tenía la cara horrendamente desfigurada se tomaba la justicia por su mano. A veces, simplemente trataba de atemorizarlo mediante apariciones súbitas e inesperadas. Pero, una vez pasaban esas pequeñas crisis, ya volvía Luis a tener confianza en sí mismo.

Decidido o a volver as vida de antes, Luis se impuso un plazo. Si transcurridos seis meses del suceso nadie lo tenía por sospechosos, él haría lo posible por borrar de su vida cualquier rastro del mismo… Sería como si Marta nunca hubiera vivido en su edificio, como si nunca la hubiera conocido, como si nunca hubiera existido. Volvería a sus esporádicas escapadas nocturnas con prostitutas, que si sobrevivían no le delatarían y si morían a nadie preocupaban.

(Continuará…)

sábado, 10 de septiembre de 2016

Doble arrepentimiento




Este relato corrsponde a la prueba Inventízate del mes de julio, que lleva por título genérico Abre los ojos.

Cuando despertó, todavía estaba allí. Sus gruñidos infernales rasgaban el silencio de la madrugada y le hacían perder todo el atractivo que viera en él la víspera. Incluso sus rasgos armoniosos quedaban deslucidos por esa atmósfera llena de estruendos generada a ritmo de ronquidos. La línea de la mandíbula, que ahora se agitaba desdibujando su perfil  con cada resuello, ya no parecía tener esa solidez que le había resultado tan irresistible y sus ojos de mirada seductora, entreabiertos por el perturbado sueño le daban cierta grima. Era ella la que había insistido en que la acompañara a casa, pero se arrepentía. Para una vez que se decidía por un “aquí te pillo, aquí te mato” le había salido el tiro por la culata.

Dio unas cuantas vueltas más en la cama, se levantó y salió a la terraza. Apartó el libro que había sobre la tumbona y de él cayó un billete de avión que le recordó el último viaje que había hecho con Marc, su ex. Era verdad que el hombre que invadía su cama —y peor aún sus oídos— se le parecía, al menos en el físico. Aunque estaba segura de que no resistiría una comparación más seria. Le pasaba siempre. Cada nueva pareja tenía que confrontarla con Marc y hasta la fecha ninguna había pasado el examen. Él y solo él era “el hombre de su vida”. Y si seguía sola era porque en el fondo no quería a nadie más junto a ella.

¿Pero cuál fue la razón verdadera de la ruptura? No conseguía recordar ninguna de suficiente peso. Tampoco quién dio el primer paso. Ni una discusión, ni una palabra más alta que otra. Un día dejaron de llamarse, de verse. Punto. Comprendió que era culpa de ella, al menos en parte. No había luchado lo suficiente. Ahora lo sabía y de eso también se arrepentía.

Su mente, más despierta de lo que ella hubiera deseado en una hora tan intempestiva, volvió otra vez al incómodo invitado. Había sido divertido, lo había pasado bien durante un rato. Eso sí, el rato había sido muy corto porque ya se había cansado de su presencia y le molestaba. Le vino a la cabeza esa frase tan manida: “fue bonito mientras duró”. Lo suyo había durado apenas unas horas. De récord.

Entonces su pensamiento volvió a Marc. ¿Sería posible que se dieran otra oportunidad? ¿Él querría? Si no lo intentaba nunca lo sabría. Se levantó con decisión y en dos zancadas se plantó otra vez en la alcoba.

—¡Eh, tú! —gritó zarandeando de manera abrupta al intruso—. Te tienes que marchar. ¡Ahora! ¡Ya!

El hombre no opuso resistencia. Se vistió con el fardo de ropa que ella le había alcanzado y aprovechándose de que todavía andaba medio adormilado lo sacó de la casa antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba. Luego, ya sola en su cama, mandó un wasap a su ex: «Te echo de menos. Llámame».

Por fin pudo dormir tranquila.

martes, 6 de septiembre de 2016

La cara oculta (IV)

Ya en su casa, Luis vio que eran las dos de la madrugada. No comprendía como había transcurrido el tiempo tan deprisa. Se duchó y tiró su ropa, que tenía muchas manchas de sangre a la basura, y pensó también en tirar la bolsa al contenedor, pero no lo hizo por si lo veía alguien que más tarde lo pudiera delatar. Por último se acostó, pero no podía dormir. Pensaba en como sería su vida de ahora en adelante si, a raíz de la imprudencia de esta noche, se descubrieran todos sus crímenes. Él era un hombre débil y si la policía lo atosigara a preguntas seguro que no podría resistir y acabaría confesando. Lo perdería todo, y lo que era peor, sufriría la humillación de que el mundo supiera que todo había sido por Laura, porque no había podido tenerla, porque Laura había preferido a un pelagatos que la había abandonado por la primera rubia que se había cruzado en su camino. 

Le estaba bien empleado a Laura, era a ella a quién debía haber matado esa noche. Se dio cuenta, por primera vez en tantos años, que cuando hacía daño a todas esas mujeres era a Laura a quién quería maltratar y por primera vez sintió un mínimo atisbo de compasión hacia ellas y eso le produjo una desagradable sensación, que trató de desterrar inmediatamente.

Se levantó a tomar otro coñac, ya había perdido la cuenta de los que había tomado. Creyó que le sentaría bien. Mientras lo apuraba de un trago volvió a pensar en lo que haría a la mañana siguiente. Se sentía demasiado confuso para ir a trabajar y su primera idea fue fingir que estaba enfermo, pero al instante la desechó, porque romper su rutina podría resultar sospechoso, y por primera vez, se dio cuenta de que esa nueva sensación de sentirse perseguido ya no lo iba a abandonar nunca. Lo mejor sería ir a trabajar con normalidad. Pero ¿Cómo iba a aparentar normalidad? 

Empezaba sentirse fastidiado con la situación, debía intentar serenarse y dormir, pues al día siguiente tendría que estar concentrado y dispuesto para su trabajo. Volvió a la cama, pero no paraba de dar vueltas. Su inquietud no hacia sino aumentar, y se le habían acabado las pastillas para dormir, por lo que no podía recurrir a ellas. Sin temer la resaca del día siguiente pensó que su única solución era una borrachera de las que casi hacen perder el sentido, al borde mismo del coma etílico. Recordó que tenía otra botella más de coñac y resolvió aplicarse a ello de la misma forma que un colegial se aplica a sus deberes. Bebió una copa tras otra, sentado en la butaca del salón, y cuando juzgó que ya era suficiente quiso volver a la cama, pero no podía moverse, y, sin darse cuenta se quedó dormido.

A la hora habitual sonó su radio despertador. Si, normalmente su estado al despertar, siempre era deplorable, el que presentaba en esa ocasión era absolutamente desolador. A causa de la borrachera había vomitado sin moverse de la butaca y se encontraba empapado en una repugnante mezcla de vómito y sudor. Tenía un insoportable dolor de cabeza, se sentía muy confuso y, de momento no recordaba nada de lo sucedido por la noche. Poco a poco fue volviendo en sí, las imágenes comenzaban a fluir lentamente, aunque por un momento creyó que todo era producto de su imaginación y que lo había soñado. Tardó todavía unos minutos en hacerse cargo de lo sucedido. En un primer momento, el malestar físico y la incomodidad por el estado de suciedad en que se encontraba fueron sus prioridades. Se duchó y volvió al salón limpiándolo y dejándolo todo en orden. Ya se sentía mejor, pero justo entonces, tuvo un sobresalto: todavía no había decidido lo que iba a hacer y ya era hora de tomar una decisión. Lo más sensato, sin duda, sería actuar como si nada hubiera pasado, e ir a trabajar con toda normalidad. De camino a su oficina, pararía en un contenedor, fuera de su barrio, y se desharía de la bolsa delatora. Además, así se encontraría lo más lejos posible para cuando fuera descubierto el cadáver.

Aquel día, Luis guardó las apariencias como buenamente pudo, ya que en el fondo se sentía muy desasosegado. Aunque había pasado por una situación similar otras veces, en esta ocasión se daban circunstancias que la agravaban. Por un lado, era la primera vez que tenía la certeza de que había matado, y por otro, no se trataba de una prostituta, sino de su vecina. Una mujer asesinada brutalmente en su propia casa. Eso haría que la policía se tomara un mayor interés por resolver el crimen. Mientras su mente divagaba con pensamientos parecidos, iba transcurriendo lentamente la jornada. Luis sentía un extraño desdoblamiento, era a la vez el eficiente e incansable trabajador de siempre, y al mismo tiempo no paraba de dar vueltas a la situación, maquinando la mejor forma de salir bien parado de ella. Pensaba que lo mejor sería volver tarde a casa, de forma que, cuando llegase, ya se hubieran calmado los ánimos, y, en parte también, para evitar a sus vecinos en la medida de lo posible.

De esta forma se las ingenió para conseguir que un pequeño grupito saliera a tomar una copa con él, al terminar el trabajo. Como se suele decir, una cosa llevó a la otra, y cuando se retiraron era la una pasada. Luis estaba rendido, pero se sentía satisfecho, todo iba saliendo según lo previsto. Había derrochado alegría y buen humor, nadie en su sano juicio lo consideraría sospechoso de tan horrible crimen, y se consideraba muy listo por haberse construido la coartada. Cuando alguien le diera la noticia, bien la misma policía o cualquier vecino se fingiría espantado y asunto concluido. Si encontraban sus huellas en casa de la mujer, hasta podía admitir que había ido a pedirle un poco de azúcar. Entre vecinos eso no tenía nada de particular. La solución era perfecta, y él un genio.


sábado, 3 de septiembre de 2016

El despegue



Todo llega. Incluso sin planificarlo demasiado, casi sin pensar. Se te viene encima. Te da en la cara como una bofetada, aunque en el fondo lleves todo el año deseándolo. La espera es larga. Primero la llegada al aeropuerto con dos horas de antelación, nada más y nada menos. Luego las largas colas para el check in y el control de seguridad. ¡Menudo peñazo! Te dan ganas de salir corriendo, pero aguantas todas esas absurdas incomodidades con tal de alcanzar el momento anhelado. Te embarcas en el vuelo entre empujones. En un trajín de trolleys y bolsos de mano, de personas solitarias, risueñas o taciturnas. De familias enteras cargadas niños y de parejas de mediana edad que por fin se dan el lujo de viajar solas en un vano intento de recuperar el tiempo que la rutina y la vida les han robado.
Y sí, todo vale la pena por vivir ese momento en el que el avión, todavía en tierra, acelera al mismo tiempo que el corazón se te desboca en el pecho y empieza a subir lentamente, en tensión, luchando contra las leyes de la física. Por fin alza el vuelo de una manera primorosa y resulta victorioso frente a la fuerza de la gravedad como una alegoría de la prometida felicidad de tus vacaciones.

lunes, 22 de agosto de 2016

La cara oculta (III)


Mientras pensaba en todo ello, Luis había tomado unas cuantas copas y se encontraba, ya, bastante borracho. Tenía la mente embotada y no conseguía razonar con un mínimo de claridad. El alcohol, en lugar de mitigar su despecho por el mundo, no hacía sino acrecentarlo. A las mujeres, las culpaba de no haber sabido amarlo. Y a cada momento que pasaba sentía crecer en su corazón una rabia inusitada. No recordaba haberse sentido así ni en sus peores momentos, ni si quiera aquella primera vez en que pegó a una prostituta. Se sentía una víctima, él mismo por increíble que pareciese, por delante, incluso, de todas esas desgraciadas que había ido apaleando a lo largo de los años. De repente su mente se abrió. Por qué limitarse solo a las prostitutas, acaso no eran todas las mujeres igual de culpables. Poco a poco esa posibilidad se fue materializando en su pensamiento. Recordó que tenía una nueva vecina, se llamaba Ana o tal vez Marta… No se acordaba bien. Era joven, guapa y vivía sola. Se habían cruzado alguna vez en el descansillo y no parecía mirarlo mal, incluso, creía que le inspiraba cierta confianza. Además, aún era temprano, tan solo las once de la noche, podría ir a su casa con cualquier pretexto.


Luis no lo pensó más. Cogió un vaso vacío pensando pedirle un poco de azúcar. Le pareció una excusa muy verosímil: ya se sabe un hombre que vive solo y trabaja todo el día no tiene mucho tiempo para hacer la compra, pero por otro lado, el café sin azúcar está tan malo… ¿Cómo no iba a atender su petición? Luis actuaba como un autómata. Salió de su casa, cruzó el rellano, y llamó al timbre de Marta, que así es como se llamaba su vecina, blandiendo el vaso en la mano. Esta miro por la mirilla y al ver que era su vecino abrió confiada la puerta. Pero tan pronto Luis hubo franqueado el umbral, se dio cuenta de su error. De repente, su apacible vecino se transformó en un energúmeno borracho de ojos desencajados que embistió contra ella sin mediar palabra. Marta, aterrorizada, no se movía, ni intentaba defenderse y Luis azuzado por su pasividad se encolerizaba más y más y golpeaba sin cesar a la pobre mujer, que no alcanzaba sino a gemir débilmente, emitiendo un soniquete a todas luces insuficiente para llamar la atención del resto de los vecinos. Todo acabó en un instante. Marta se desplomó de golpe, y esto hizo que Luis recobrara algo de su perdida conciencia. A pesar del azoramiento que sentía por haber perdido el control de esa manera, se daba cuenta de lo que había hecho. Marta estaba en el suelo hecha un guiñapo, como una muñeca de trapo rota. La cabeza ensangrentada y la cara hinchada y llena de moratones le daban un aspecto inquietante. Luis la miró y en ese momento fue consciente de que la había matado. No obstante, se agachó para comprobarlo. En efecto, no le encontró pulso. El corazón de Marta se había detenido para siempre.


Pasada la tormenta, una aparente calma se apoderó de Luis. Esta vez si que la había hecho buena. Estaba al lado de su propia casa y seguro que había dejado huellas por todas partes. No tendría escapatoria. Se había dejado llevar y ahora temía las consecuencias, pero no se arrepentía de haberla matado, solamente de no haber sido cuidadoso y previsor. Decidió que lo mejor sería irse a su casa y allí pensar lo que haría.