domingo, 19 de febrero de 2017

Crimen de honor, tercera y última parte. Una visita de cortesía



Los dos detectives se dirigieron rápidamente hacia allí. No les apetecía en absoluto dar la mala noticia al padre, pero era parte del trabajo.

Eljall estaba alojado en una suite. Les recibió en la sala previa al dormitorio y les invitó a sentarse en el inmenso sofá.

—Señor Eljall. ¿Desde cuándo no ve a su hija Lamya? —Fue Schneider quien habló.

—Hace su vida en Londres y apenas la he visto en los últimos años. —El rostro de Eljall se crispó cuando comenzó a hablar de ella. Se notaba que abordaba un tema espinoso—. Fue una etapa muy difícil de superar porque no acataba mi autoridad ni la de su madre y no quería seguir nuestras normas. Ahora ya no pertenece a nuestra familia. Ella lo quiso así…

No se esperaban ese tipo de respuesta. El hecho de que la relación entre ambos fuera tan tensa acababa de convertir al padre en su primer sospechoso.

—Me apena oírle decir eso —dijo Farid circunspecto—. Aún así, tengo la triste obligación de comunicarle que esta mañana se ha encontrado su cuerpo en el Isar.

A pesar de la fatal noticia, el rostro de Eljall se mantuvo pétreo, sin rastro de emoción.

—Me haré cargo de sus restos. Cumpliré con esa dolorosa obligación —contestó de manera escueta, aunque con un ligero temblor en la voz—. Es lo último que puedo hacer por ella.

—Me temo que no es tan sencillo, señor Eljall. En estos momentos hay una investigación abierta. Hasta que no concluya no le podremos entregar el cuerpo. Dígame: ¿Sabía que ella estaba en Múnich? — añadió Schneider.

—Sí —admitió sin ambages—. Nos vimos ayer por la tarde en los jardines situados bajo el puente de Maximilians.

Schneider y Farid pusieron los ojos como platos. Nunca habrían esperado tanto de lo que, en principio, tan solo era una visita de cortesía.

—¿Y qué pasó? ¿Nos lo puede contar? —le preguntó Farid.

—No se imaginan lo que sentí al verla después de tanto tiempo. ¡Mi única hija! ¡Mi niñita! ¡Estaba radiante! Olía a jazmines y tenía la mirada serena. Vino con su niqab, lo cual me complació. Entonces hicimos las paces. ¡Ojalá todo hubiera quedado ahí!

Los dos detectives cruzaron entre sí una mirada cómplice, pero permitieron que Eljall continuara hablando sin interrumpirle.

—Entonces le desprendí el velo para besarla, vi esa cosa horrible que llevaba en el labio y se me volvió a romper el corazón Me puse furioso, pero me contuve. Tan solo le supliqué que se la quitara…

—¿Y ella le hizo caso? —le preguntó Farid, al ver que se había detenido.

—Todo lo contrario. Se exaltó y discutimos de manera acalorada. Me dijo que quería vivir la vida a su manera. Que yo no tenía ningún derecho a entrometerme. Que ese era el motivo por el que jamás volvería a casa. Luego me confesó iba a tener un hijo sola. No tenía intención de casarse con el padre. Estaba completamente decidida. ¿Se figuran el dolor que eso me produjo…?

Su rostro perdió la rigidez por unos instantes y dejó escapar un sollozo apagado, pero se recompuso al instante.

—¿Entonces, qué más ocurrió?—dijo Schneider muerto de impaciencia. Sabía que Eljall estaba a punto de caramelo.

—Simplemente perdí los estribos. Quise abofetearla pero ella me esquivó. Forcejeamos y le arranqué el maldito piercing o cómo se diga de un manotazo. Vi la sangre correr y en ese momento me volví loco. La agarré por el cuello y apreté y apreté… hasta que se desplomó en mis brazos como una muñeca de trapo. Luego me di cuenta de lo que había hecho y la arrojé al río. Fue lo primero que se me ocurrió. Pensé que la sangre y el agua se unirían para lavar mi afrenta. Eso es todo, agentes.

Los detectives habían escuchado el testimonio con mucha atención. Fue la confesión más fácil que hubieran obtenido nunca. Se alegraban enormemente de haber resuelto el caso con tanta rapidez. Schneider tendría su fin de semana libre y ambos se ahorrarían otra engorrosa visita al doctor Neumann. Pero Farid no pudo resistirse a hacerle una última pregunta.

—¿Por qué nos lo ha puesto tan fácil, señor Eljall?

—¡Veo que quieren saberlo todo! Una actitud muy previsible por su parte. —Sonrío con sarcasmo—. Se lo diré. Desde que les vi entrar, supe que antes o después averiguarían toda la verdad, de modo que no tenía ningún sentido demorar lo inevitable. Ahora, si me permiten despedirme de mi esposa iré adónde quieran llevarme. Y por favor, una última cosa. ¡No me juzguen con demasiada dureza! Lo crean o no, yo quería a mi hija.

Fin

domingo, 5 de febrero de 2017

A fuerza de pasión




A fuerza de pasión 
Una niebla espesa envolvía
el paisaje sediento y resquebrajado de mi alma.
La esfera solar añoraba el brillo de otros tiempos
y un cielo gris, su azul calmo.
Los árboles se ondulaban con el viento
al igual que mi nostalgia.
Entonces apareciste tú
y las estrellas cimbreantes
comenzaron de nuevo
a danzar nuestro tango de cada noche.
Bebí del agua que tú me diste
y volvió la mujer que siempre fui,
aunque llevara mil años sepultada
bajo la costra de la indiferencia.
A fuerza de pasión
conseguiste arrinconar mi soledad:
donde fue olvido triunfó el amor.

sábado, 4 de febrero de 2017

Crimen de honor, segunda parte. Una corazonada



Schneider y Farid acudieron puntuales a la cita, aunque aún tuvieron que esperar a Neumann durante un rato.

—Perdón por el retraso. Esto es lo que puedo decirles: se trata de Lamya Eljall, veintiocho años, saudí.

—Lamya… Lamya Eljall. El caso es que a mí me suena mucho ese nombre —dijo Farid. ¿No es la hija de Abdul-Rahim Eljall, el famoso empresario? Ese que tiene por toda Alemania una franquicia de kebabs que lo ha hecho de oro.
—¿Tú sabrás? ¡Para eso eres el experto en las notas de sociedad del medio oriente! ¡No te digo!

Schneider no lo podía remediar, cada vez que se le presentaba la ocasión soltaba una puyita. Daba igual de quién se tratara. Era uno de los motivos por los que solía caer mal a todo el mundo.

—Sí, ahora lo recuerdo —se reafirmó Farid—, porque mi esposa me habló de ella hace cosa de un mes. Es, digo… era una chica muy popular. Estudió derecho en Oxford y después volvió a su país. Pero al parecer, terminó por fijar la residencia en Londres.

—¿Entonces, qué carajo estaba haciendo aquí? —preguntó escéptico Schneider.

—Antes de que empiecen a especular déjenme terminar.

—¡Claro, doctor! Le escuchamos —dijo Farid, aunque los dos deseaban conocer los detalles cuanto antes.

—No tenía agua en los pulmones. Por tanto, no fue el ahogamiento la causa de su muerte, sino la asfixia por estrangulamiento: tenía roto el hiodes.

—¿Ah, sí…? —Schneider estaba decepcionado. ¡Mierda! ¿Sabes que esto lo cambia todo, Farid? ¡Adiós suicidio! ¡Hola asesinato! ¡Dios mío! ¿Cuándo podré tener un fin de semana tranquilo?

—Cuando te jubiles, tío. No antes. Y que conste que ya me gustaría. Eres un pesado de cojones. —Se lo había puesto en bandeja. Ahora le tocaba a Farid devolvérsela.

—Dejen de discutir, señores, que aún hay más. Cuando la desnudé observé que lucía algunos tatuajes. También tenía un piercing en el ombligo. Estoy casi seguro de que el desgarro del labio se debe al arrancamiento violento de otro adorno de esos.

—¡Sí que había salido moderna la niña! —exclamó Schneider frívolamente mientras le daba un codazo a Farid.

—¡No lo entienden, verdad! —repuso este moviendo la cabeza de lado a lado—. Ese tipo de prácticas choca frontalmente con la tradición del Islam. Su familia no estaría muy contenta.

—Lo siento, pero todavía falta una última cosa. Durante el examen de los órganos internos advertí que estaba embarazada de unas ocho semanas. Y ahora que ya les he dicho todo lo que sé, váyanse y déjenme continuar con mi trabajo.

Salían del anatómico-forense cuando Schneider tuvo una inspiración.

—¡Eh, Farid! ¿Tú que conoces mejor el tema, sabes si alguien más de la familia podría estar de visita en Munich?

—Es más que posible. El padre viene a menudo para visitar a sus franquiciados. Sé que se suele alojar en Le Meridien. Llamemos por si suena la flauta… También podríamos preguntar por ella. Al fin y al cabo si coincidieron en la ciudad tampoco sería tan raro que padre e hija estuvieran en el mismo hotel.

Desde la recepción de Le Meridien les confirmaron que Abdul-Rahim Eljall sí estaba registrado, pero a Lamya no la conocían de nada.

sábado, 28 de enero de 2017

Crimen de honor, primera parte. Un cadáver en el Isar



Eran las once en punto de la mañana. En Ettstraße 2, en pleno corazón de Múnich, Kummer, el comisario de policía, se estaba poniendo al tanto de las noticias más destacadas del día. De repente, el agente Schneider irrumpió en su despacho.

—Jefe, han encontrado un cadáver en el Isar. —No podía ocultar su cara de fastidio. Era viernes y no quería que un nuevo caso le obligara a trabajar ese fin de semana—. De momento no tenemos más detalles. ¿Quiere que acudamos Farid y yo?

—Sí, a ver si pueden llegar antes que el forense, que si no nos enmierda el escenario y luego no hay manera de resolver los putos casos.

Schneider fue a buscar a Farid.

—Apúrate, que tenemos un caso por resolver —le dijo mientras le daba una sonora palmada en la espalda.

Farid, que en ese momento estaba calzándose una enorme weißwurst cien por cien halal, se metió todo lo que le quedaba en la boca y pasó el formidable bocado con un buen lingotazo de apfelsaftschorle, su bebida favorita. Después siguió a su compañero.

Les costó un poco dar con el emplazamiento. Las indicaciones recibidas fueron más bien pobres. Tras equivocarse un par de veces, a la tercera intentona, llegaron por fin al escenario.

—¡¡¡Mierda!!! ¡No puede ser! El cabronazo del forense nos ha ganado la mano. Todo por tu culpa Farid, tío, que llevas en esta ciudad toda la vida y aún no sabes moverte por ella. La próxima vez déjame conducir a mí.

—Lo que tú digas —le respondió flemático.

Nada de lo que hiciera o dijera el cascarrabias de Schneider lo sacaba de sus casillas. Farid, a veces más que turco, parecía de Vulcano.

Los agentes bajaron a toda prisa del coche patrulla porque ya estaban metiendo el cadáver en el furgón. Tuvieron que dar una pequeña carrera para alcanzar al forense antes de que se fuera dejándolos con tres palmos de narices.

—¡Doctor Neumann! Espere, doctor. Díganos algo antes de marcharse —le suplicó Schneider interponiéndose en su camino para evitar que subiera al vehículo.

—¡Menos mal que esta vez no han llegado a tiempo de tocarme las narices! He de confesarles que sin su presencia he podido trabajar la mar de tranquilo.

Neumann era un tío con un humor peculiar, pero también se tomaba muy en serio su trabajo y enseguida pasó a informarles de todo lo que sabía.

—Mujer, de veinticinco a treinta años. Lleva fallecida entre doce y veinticuatro horas. Aparentemente ahogada. Presenta un desgarro en labio superior, pero es una lesión poco importante, aunque diría que ante mortem.

—¿Y cómo lo sabe? —Schneider siempre tenía que cuestionarlo todo.

—Porque la sangre ya empezaba a coagularse. ¡Cuando quiera le dejo hacer mi trabajo! ¡A ver cómo se las apaña!

No había cosa que más irritara al galeno que un policía queriendo saber de cadáveres más que él. Además, decir que Schneider le caía gordo era quedarse corto.

—Bueno, prosigamos —dijo el doctor—. Tiene alguna que otra magulladura, quizás por el arrastre de la corriente…

—¿Y no nos puede decir algo más interesante, doctor? —le interrumpió algo decepcionado Schneider porque lo datos estaban resultando poco relevantes para la investigación.

—Pues a eso iba. Que se trata de mi primera muerta con niqab.

—¡Oh…! ¿Entonces, era musulmana? —Farid no podía ocultar su sorpresa—. ¡Se ha dejado para el final lo más interesante! ¿Sabe quién es?

—Cuando coteje las huellas. Y, amigo mío… a estas alturas ya debería saber que llevar un niqab y ser musulmana no es exactamente lo mismo, aunque sea lo más probable. Tras la autopsia sabré más detalles. Les remitiré esta misma tarde el informe completo.

—Si no le importa, preferimos pasarnos nosotros —insistió Schneider.

—Como quieran. Estoy de guardia todo el fin de semana. Así que, allí estaré. Vengan a partir de las seis de la tarde. Espero tenerlo todo para esa hora. A excepción de las pruebas de ADN y el informe de tóxicos que, como saben, tardarán todavía unos días.

miércoles, 25 de enero de 2017

Nueva presentación de Playa Ákaba



Editorial Playa de Ákaba nos invita a una nueva presentación. Será el jueves 26 de enero a las 19 horas en la biblioteca Eugenio Trías (Paseo Ferrán Núñez, 24 Madrid). En esta ocasión las obras presentadas serán la novela Luces que parpadean de Juan Manuel Sánchez Moreno y la antología solidaria Semillas del bosque, que presentará Teresa Oteo y en la que participo con uno de los poemas finalistas titulado Madre Tierra. Un excelente plan para una tarde de enero. No se puede pedir más, buenos libros y buenos amigos. Si esáis por Madrid no dejéis de ir.


domingo, 15 de enero de 2017

Shubert





Shubert 
Shubert romántico, doliente, íntimo...
Nunca se ha escrito una música más melancólica,
más desoladamente triste,
más dulcemente sombría.
En ella hay tristeza, sí, pero nuca tragedia,
nunca resabio, nunca amargura.
Moriste joven, pero moriste muchas muertes
antes de tu muerte.
Cada composición es una exquisita agonía,
cada melodía, un monumento a la aflicción,
cada compás, una lágrima que comienza
a resbalar suavemente por tu mejilla
y termina cayendo  por la mía
—¡casi dos siglos después!—.
Cómo explicar ese hálito de fatalidad desolada
que impregna todas tus composiciones
y que traspasa —cual saeta intemporal—
el corazón de quienes las escuchan.
Shubert romántico, Shubert doliente, Shubert íntimo...
Audio

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Drama en el cajón del pan (broma literaria)




Hoy,que es el día de los inocentes, he querido compartir con vosotros este pequeña broma literaria, este microrrelato surrealista que he titulado Drama en el cajón del pan.
 
Abro el cajón del pan y ¿qué me encuentro?: ¡De nuevo a la vecina! ¿Pero cómo, otra vez usted aquí? ¿Es que acaso no puede buscarse otro cajón para dormir? Parece que siempre tiene que fastidiarme a mí, ¡ea! ¿Por qué no prueba de vez en cuando a meterse en el cajón de la del tercero B? Si le pilla mucho más cerca de su casa, mujer… Así, me dejaría descansar a mí de vez en cuando y no estropearía siempre mi pan, que ya no sé ni dónde ponerlo. Y eso cuando no se lo come todo, que yo no sé dónde se lo mete, que parece que no le hace ningún provecho porque sigue igual de canija que siempre. El próximo día lo dejo guardado directamente en su cama y así todos tan contentos, a ver qué dice entonces su marido. Además, ¿no se da cuenta del gran peligro que corre? Es usted una inconsciente total. En una de estas llega alguno de los tragaldabas de mis hijos y se la merienda junto con un cacho de pan en menos que canta un gallo. Y encima ni se enteraría. ¿Qué haríamos entonces? Ni siquiera podríamos darle un entierro digno, porque no quedaría ni un pedacito de su persona que enterrar. ¡Menuda tragedia, por Dios! Y por ahí sí que no paso, no señora, no. Así, que sea la última vez que la pillo haciéndose la siesta en mi cajón del pan. Se lo advierto muy seriamente. Si lo vuelve a hacer pondré una queja en toda regla al presidente de la comunidad, que ya se encargará de cantarle las cuarenta en bastos y no digo más.