domingo, 19 de marzo de 2017

Cautiva (parte 2): Me despido


Anoche vino Javier, mi marido. Al llegar me besó en los labios y me agarró de la mano, como siempre. Pero a partir de ese momento las cosas se desarrollaron de manera diferente. Lloró de manera desconsolada durante mucho rato. Como no puedo mirar el reloj, no sé exactamente cuanto, pero se me hizo una eternidad. Yo hubiera querido hacer algo para confortarlo. No puedo verlo así, porque me entristece demasiado. Prefiero verlo alegre, aunque sea una alegría falsa, una careta que se pone para hacerse el fuerte delante de todos. Pobre… Mi situación es mala, pero la suya tampoco es envidiable. Tan joven y ni viudo ni casado, sino todo lo contrario. Encima, haciendo de madre y padre para nuestros hijos. ¡Cuánto me gustaría ayudarlo!

Al cabo de un buen rato, cuando ya se desahogó, se enjugó las lágrimas y comenzó a hablarme.

―Virginia, querida. La de hoy no es una visita más. He venido a decirte algo muy importante… No puedo ser tan egoísta. No puedo retenerte más. Tú lo sabes…

De repente se interrumpió y se recostó en la cama junto a mí. ¡Dios, cuánto tiempo sin sentir su cuerpo junto al mío! ¡Cuánto tiempo sin sentir palpitar su corazón!

―Lo he estado hablando con Marta y los doctores que te llevan aquí, en el hospital. Estamos todos de acuerdo y te vamos a desconectar. Para que descanses por fin… Por tu bien, por el de todos…

No me podía creer lo que decía. «¡Para ya! ―trataba de decirle mentalmente― ¿Pero no ves que estoy viva todavía? ¿Tan solo tengo cuarenta y dos años? ¿De verdad crees que estoy preparada para morir?».

—Será mañana a primera hora. Te sedarán y luego seguirán el procedimiento habitual. Es para asegurarse de que no sufras nada… Lo siento, mi vida, perdóname ―me susurró al oído y me besó de nuevo.

Luego se marchó.

No he podido dormir en toda la noche y aquí estoy, esperando mi muerte. Mi rebelión inicial se ha trocado en resignación. Soy una especie de fantasma. Creo que al final no es tan mala idea. Sé que me liberaré por fin de este cuerpo inútil. Pero confieso que tengo miedo, no a la muerte en sí, sino a dejar de existir. No dejo de preguntarme si hay otra vida. Si hay un alma que trasciende a la materia de la que estamos hechos.

Os dejo, que ya vienen a prepararme…

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