sábado, 12 de agosto de 2017

Al fin libre


La derrota era inminente. Pese a ello, el hombre no pareció amedrentarse lo más mínimo. Adoptó un aire grave y transido de dignidad que supo transmitir sin aparente esfuerzo a la concurrencia. A continuación, desde su puesto privilegio como presidente de la empresa, se dirigió a los suyos.

―Sabéis que para mí sois mucho más que mis trabajadores: sois también mis amigos, mi familia. Comprenderéis que me resulte muy difícil dar este paso. ―En ese momento fue mirando a los ojos de todos los presentes, los cuales asentían de forma unánime todas y cada una de sus palabras―.  Sin embargo, no hay más solución. Las fuertes pérdidas de los últimos años me obligan a aceptar la oferta del grupo CAVITEX, que hasta ahora había sido nuestro competidor más directo.

Un murmullo de desaprobación llenó por completo la sala, pero el hombre continuó su discurso sin inmutarse, aunque unas gotas de un sudor helado comenzaban a perlarle la frente.

―Creedme si os digo que esto lo hago por vosotros. A mí nada me importa ya, pues lo tengo todo perdido. Pero me he encargado personalmente de que vuestros puestos de trabajo se conserven, de lo contrario, el contrato que firmaré dentro de un rato quedaría sin validez legal. ―Hizo una breve pausa para secarse el sudor con el pañuelo y, de paso, aflojarse el nudo de la corbata que comenzaba a asfixiarlo―. Así que estáis a salvo ―añadió en nuevo intento por satisfacer a sus empleados.

De repente sintió que las piernas le temblaban y que se le escapaba cualquier rastro de vigor, pero trató de concentrarse de nuevo en la audiencia.

 ―No sufráis por mí, yo también he ido guardando unos ahorrillos a lo largo de estos años de bonanza. Con eso me bastará para lo que me queda de vida: total, ya soy un pedazo de viejo ―en cualquier otra persona aquellas palabras hubieran sonado lastimosas, pero en su boca parecieron tan solo serenas y realistas, no hacían sino constatar una realidad―. Además, no tengo mujer ni hijos a los que rendirles cuentas. Reconozco que eso me quita un peso de encima, amigos míos: soy libre como un pájaro ―añadió para finalizar.

En aquel momento sonó una estruendosa ovación que le arrancó una sonrisa apenas visible. Sin embargo, se prolongó durante tantos segundos que terminó por incomodarlo y  les pidió con un gesto que pararan, aunque el silencio aún tardó un poco en invadir la sala de reuniones.

―Eso es todo lo que tenía que deciros. Ahora os ruego que me dejéis solo. Necesito unos minutos para despedirme de todo lo que ha sido mi vida hasta ahora. ¡Ah! ―apostilló con determinación cuando ya se marchaban los directivos de la empresa―, trasmitid mi mensaje a todos vuestros subordinados. Lo dicho para vosotros también es válido para ellos.


Cuando hubieron salido todos, se dirigió con paso cansino hasta el despacho contiguo y se sentó con los codos apoyados sobre la mesa y la cabeza entre las manos. En ese momento y ya sin testigos no pudo evitar derrumbarse. Su cuerpo convulsionó y comenzó a llorar de manera un tanto espasmódica. Tras aquel desahogo que duró apenas un par de minutos, se sirvió una copa bien colmada de brandy. A continuación, aspiró su aroma con deleite como si fuera un catador profesional y la bebió de forma pausada, paladeando cada sorbo hasta vaciarla. Luego se recostó sobre el respaldo de la silla e hizo un breve balance de lo que había sido su vida. «¡Tantos años dedicados a la empresa! ¡No merezco este final! Estos cerdos de CAVITEX creen que me han vencido, pero no saben de lo que es capaz un hombre cuando se le acorrala». Abrió el primer cajón y extrajo de él el pliego del contrato. Lo tomó entre las manos y sin mirarlo siquiera  lo hizo trizas en un momento para después recoger los pedacitos en un montón que dejó en una esquina de la mesa. Entonces se levantó y se dirigió a hacia la ventana. La abrió y una ráfaga de brisa fresca se coló de lleno en la estancia, llevándose de un plumazo todas las malas vibraciones que se habían acumulado en los últimos tiempos. Se asomó y pudo contemplar el skyline de la ciudad. La vista era maravillosa aunque había cambiado bastante con el correr de los años. Rememoró entonces su juventud y se sintió invadido por una agradable sensación que quiso identificar con la felicidad. Sin embargo, de repente recordó todo lo que había sacrificado por sacar adelante la empresa y la saliva que tragó en ese instante se le volvió amarga como la hiel. «¡Siempre quise volar libre! ¡Ahora es el momento y nadie me lo puede impedir!». Sin pensárselo más, se encaramó a la ventana, no sin cierta dificultad,  y dio un paso al frente. Un precipicio de cincuenta pisos se abrió ante sus pies y cayó… cayó mientras gritaba al mundo «Libre, libre al fin». 

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